
Por Susana Contreras Pérez, Vecina de Isla de Maipo, Encargada Comunal Frente Amplio, Isla de Maipo
Hoy, a siete años del estallido social, miro nuestro país y siento que estamos en un escenario profundamente distinto, aunque los dolores que nos llevaron a las calles siguen demasiado presentes.
Recuerdo esos días como un encuentro social histórico. Volvimos a mirarnos a los ojos, a conversar, a reconocernos en las preocupaciones de otras personas. La vida en comunidad recuperó un espacio que la rutina, el cansancio y la necesidad de sobrevivir nos habían quitado. Comprendimos que ese peso que cada cual cargaba en silencio tenía mucho en común con el de quienes vivían al lado.
Las calles se llenaron de colores, las plazas de encuentros, música, bailes y manifestaciones.Entre tanta incertidumbre también hubo alegría: la de imaginar que podíamos construir un Chile más humano, justo y digno. Por un momento, dejamos de asumir que vivir agotados, endeudados y con miedo al futuro era simplemente lo que nos tocaba.
El neoliberalismo había entrado hasta en nuestra manera de comprender el sufrimiento. Nosenseñaron a vivir las dificultades como fracasos personales: si no alcanzaba el sueldo, había que esforzarse más; si no podíamos pagar una atención médica, había que esperar; si llegábamos exhaustas al final del día, debíamos organizarnos mejor. En las calles descubrimos cuánto de ese malestar tenía raíces compartidas.
Ese encuentro también nos dejó vínculos y experiencias de organización que cobrarían otro sentido durante la devastadora pandemia. Cuando la vida se volvió todavía más difícil, sostenernos entre vecinos y vecinas fue, para muchas familias, una necesidad.
Pero junto con esa esperanza conocimos una cara brutal de la respuesta estatal. Hubo graves vulneraciones de derechos humanos y personas que sufrieron lesiones oculares en el contexto de las protestas. Esas heridas siguen siendo parte de nuestra historia y de una deuda de justicia que no podemos borrar por conveniencia política.
Se habló insistentemente de violencia. Y corresponde reconocer el daño que también vivieron personas y comunidades. Pero esa conversación queda incompleta cuando no somos capaces de preguntarnos por la violencia cotidiana de la desigualdad: la de una pensión que no permite vivir, una atención que llega demasiado tarde o una familia obligada a elegir qué necesidad dejar sin cubrir.
¿Cómo podía no crecer la indignación ante un poder que respondía con tanta distancia a la experiencia de quienes sostenían el país trabajando? Esa desconexión también explica lo que ocurrió. Durante demasiado tiempo se esperó que las personas soportaran en silencio una vida que pesaba mucho más sobre unas que sobre otras.
Siete años después, me preocupa que se intente reducir aquel encuentro a una amenaza quedebimos evitar. Esa lectura deja fuera las demandas, las conversaciones y la esperanza de tantas personas que salieron porque querían vivir mejor. También permite eludir una pregunta incómoda: ¿cuánto hemos resuelto de aquello que nos llevó hasta ahí?
Hoy observo con preocupación las prioridades de este gobierno. Las rebajas tributarias del nuevo paquete económico que favorece a los más ricos y las reducciones propuestas en distintas áreas sociales del Presupuesto 2027 obligan a discutir quién recibe los beneficios y quién termina absorbiendo los ajustes. Para mí, esa discusión tiene un criterio fundamental: ninguna promesa de crecimiento puede volver prescindible el bienestar de las familias.
También me inquieta la facilidad con que el debate público se concentra en condenar el descontento, mientras las condiciones que lo alimentan pierden espacio. La memoria del estallido exige escuchar a quienes siguen llegando con angustia a fin de mes, esperando una atención o postergando su propia vida para cuidar a otros.
No recuerdo ese octubre porque desee volver al dolor. Lo recuerdo porque allí reconocimos una capacidad de encuentro que necesitamos recuperar. Nos hace falta conversar, organizarnos y reconstruir confianzas, incluso entre quienes hoy miramos ese proceso de maneras distintas.
Esa llama sigue latente porque sus razones no han desaparecido. La dignidad continúa siendo una deuda para demasiadas personas. Y mientras vivir con tranquilidad siga siendo un privilegio, habrá motivos para encontrarnos y exigir un país más justo.
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